VALPARAÍSO PATRIMONIAL


“...cada vez que me siento triste, pienso en el viejo Valparaíso y su gente y vuelvo a ser feliz.
Un olmo en la Plaza Victoria dio sombra a Fouché, a Simón Rodríguez y a Garibaldi, a mí tío Agustím Edwards y a la Poncianita.
Vuelvo a evocarlo en la memoria y dejo de ser el santiaguino con rostro de bandido y con el ánimo de un cogotero”


Joaquín Edwards Bello

lunes, 15 de octubre de 2007

CALLE CLAVE Y PLAZA ECHAURREN: SATÉLITES DE LA ACTIVIDAD BOHEMIA PORTUARIA




“Lugar testigo del apogeo y decaimiento del puerto. Sus calles contienen imágenes y recuerdos dignos de un patrimonio”
El Mercurio, 12 de febrero de 2005


Según la tradición el nombre de Calle Clave es derivado de la pasión musical de un viejo residente del lugar, quien instaló en su hogar el primer clave de Valparaíso, especie de piano, con el cuál divertía a sus amigos.
Para describir Clave es indispensable insertarla en el peculiar tramado urbano de Valparaíso. Muchos poetas, literatos, músicos intentaron describir la ciudad, pero indudablemente fue el dibujante Lukas , con su ingeniosa pluma y certero criterio, quién lo ha hecho de la manera más sutil y sencilla posible, revelando matices poco percibidos, y en algunos casos completamente desconocidos por los habitantes del puerto. Con hermosas frases dice así:

“A pesar de su aparente desorden; Valparaíso es una ciudad fácil. A primera vista, su topografía endemoniada nos presenta un laberinto imposible de resolver, pero al mismo tiempo, las reglas del juego son tan simples que uno puede orientarse con la planta de los pies. Se aprende rápidamente que a un lado está el mar y al otro los cerros, los dos límites de la ciudad. Si sube, se aleja. Si baja, se acerca. Es una ciudad con frente y con espaldas, con horizontes muy definidos, nadie se pierde en Valparaíso” .


La renombrada calle Clave forma parte de la trama regular emplazada en el barrio Echaurren, nombre derivado de la plaza enclavada en el centro de este espacio urbano delimitado por cuatro avenidas: Errázuriz, por la franja costera y punto de partida de las otras dos, San Martín y la misma Clave, que siguen una dirección Costa-cerro, y calle Serrano, por el lado este de la plaza.

La Plaza Echaurren en el corazón del barrio Puerto, fue el centro de Valparaíso en tiempos pasados. Centro de la actividad cívica y comercial. Su historia se remonta a los tiempos coloniales. Fue la primera Plaza y plaza de Armas de la ciudad. A fines del siglo XVIII, después de constituirse el cabildo de Valparaíso en abril de 1789, se le construyó una pila y en uno de los costados se erigió un mercado o recova. Durante el siglo XIX se le conocía por plaza municipal. Sufrió transformaciones periódicas de acuerdo al interés edilicio por mantenerla en condiciones atractivas. Pero no sería hasta fines de esa centuria cuando Valparaíso tiene a uno de los intendentes más diligentes, Don Francisco Echaurren García-Huidobro . Éste desempeñó su cargo entre 1870-1876 e impulsó grandes obras públicas:
La habilitación de lugares y abovedamiento de cauces, el aumento y eficacia de los carretones de la policía para la eliminación de basuras, fueron algunas de las medidas con que la ciudad quiso poner orden y limpieza en sus calles . Otra de sus obras fue la construcción del Castillo Echaurren, situado en las proximidades de la Caleta El Membrillo. La comunidad, para brindarle un honor por su excelente prestación de servicios, cambia el nombre de la plaza municipal a Plaza Echaurren.
Debemos distinguir 2 plazas Echaurren: la clásica, anterior al movimiento telúrico del año 1906, que sufrió grandes daños en su infraestructura, y la moderna, posterior a esa fecha, una plaza reparada, con un diseño radicalmente distinto al original y abierta al público día y noche. Las transformaciones desde 1906 las podemos resumir en las siguientes:
Donde se observan carretelas tiradas por caballos, existe hoy un paradero de taxis. Uno de sus atractivos era la reja que la protegía, y cuyas cuatro puertas eran cerradas por seguridad a la hora del crepúsculo (imagen1). En materia de construcción, desapareció el edificio de balcón corrido situado en la esquina de Márquez con Almirante Riveros, mientras aquel ubicado entre esta última calle y Bustamante, perdió un piso. En la esquina funcionaba una farmacia, al igual que actualmente lo hace la Homeopática Alemana. Las palmas centenarias se han desarrollado y tienen en el presente una altura considerable.
En las calles aledañas al barrio Echaurren se encuentra la antigua Iglesia de la Matriz y el mercado del Puerto.

Como dijimos, Clave arranca desde Errázuriz y finaliza, entendiéndolo únicamente como término de la bohemia, en plazuela San Francisco. Actualmente el terreno es ocupado por Policía de Investigaciones de Chile, a los pies del Cerro San Francisco. Esta mediana Calle no comprende más de siete cuadras. Las distintas vías que la interceptan son: Blanco, Cochrane, Serrano, Subida Castillo, San Martín, J.A. Vives y Aduanilla . La subida Castillo y Aduanilla cumplen una función especial, porque son el enlace con el Cerro Cordillera, cuyos límites son el Cerro San Francisco y Clave. En la época colonial se asentaron ahí las distinguidas familias Consigliere y los Zahr, los Frugone, los Wiegand. Leopoldo Sáez sostiene que este cerro fue el verdadero eje de la vida de Valparaíso a partir de 1692, cuando se terminó de construir el Castillo San José, tras diez años de trabajo, especialmente por parte del gobernador José de Garro, quien dio su nombre a la fortificación. En el Castillo se encontraban instalados los edificios de los principales servicios públicos: la cárcel, la capilla militar y la casa del Gobernador. No obstante, en la época que nos atañe las familias aristocráticas habían emigrado preferentemente a Viña del Mar después del terremoto de 1906. Allá había más holgura y espacio para jardines, lejos de la amenaza de la “gente mala” que les arrebató el viejo barrio del puerto . Los nuevos residentes del sector eran personas de condición socioeconómica humilde que se desempeñaban particularmente como gente de mar, empleados de bahía, navegantes (marinos mercantes), estibadores, bananeros, etc., que debían tomar esta ruta para dirigirse a su lugar de trabajo y para después volver a casa sin antes pasar a beber en alguno de los bares de Clave.


Principales establecimientos de calle clave




El cosmopolitismo de Calle Clave se expresaba en una serie de establecimientos comerciales, bares-restaurantes y residencias que poseyeron un dinamismo peculiar que daba el barrio la fisonomía de una especie de ciudad chica. En orden de actividad, estos son:

Bares y restaurantes

Eran lugares de encuentro del pueblo, derivados de las antiguas Cantinas. En ellas se libaba y se cantaba, con la compañía de guitarristas. Los anaqueles contenían distintos tipos de botellas: Vino Burdeos, “Abraham Tobías”, la cerveza Lager, o “La Florida”, producida en Limache. Se utilizaban vasos de tamaño grande, que en lenguaje popular se le llamaba caña. De ahí proviene el dicho popular “está con la caña”, cuando se ha bebido en exceso. En carta dirigida por Harry Grant Olds a su hermano el 17 de octubre de 1899, describe a las clases sociales de la época. Señala que los más modestos son los indios que vienen de los campos de los alrededores. “Usan grandes sombreros de paja en variados colores, un gran poncho y un pedazo de cuero pegado a sus pies y parecen malas personas”. Luego, “viene la mezcla de indio y español que constituye la clase trabajadora”. En cambio, Edwards Bello los llama “restos de changos”. Hace referencia también al exceso de cantinas y bares existentes en algunas calles. En los meses que el fotógrafo estuvo en Valparaíso, la liga contra el Alcoholismo realizó en octubre de 1900 una manifestación pública por avenida Brasil. Muy pronto se reformó la ordenanza de cantinas que disponía que “Los establecimientos se cerrarán los domingos y festivos a las siete de la noche y no podrán abrirse al día siguiente antes de las nueve de la mañana”. Se trató de abolir una costumbre arraigada fuertemente en las clases sociales de baja esfera, pero dicha práctica persistió y pareciera que la legislación no tuvo ningún efecto. Rodolfo Urbina dice que las distintas colectividades extranjeras del momento se reunían entre iguales, mientras el hombre común lo hacía en sindicatos en la década del 20`: Hasta fumadores de opio había. Los chinos del Puerto tenían sus clandestinos en las calles Clave y San Francisco, con crecida clientela de gente de los bajos fondos y marineros extranjeros en 1924. Urbina se pregunta ¿Acaso por eso llamaban “Barrio Chino” a la Plaza Echaurren y sus peligrosas calles adyacentes? . Por entonces, el burdel comenzaba a ser también sinónimo de fumadero del “pito” volador que provocaba una porteña versión de la “guerra del opio” entre mafiosos. Donde había chino, había fumadero. O eso se pensaba. Y no sólo en el Puerto, sino dispersos por la ciudad, en las calles Olivar, San Ignacio, Retamo, o en Independencia Nº599, sitio éste último, allanado en 1928 para detener a los traficantes de “drogas heroicas”, como se les llamaba. Muchos de estos había en 1930 , y muchos eran también contrabandistas de revistas pornográficas que llegaban en los barcos extranjeros y que tenían muy preocupado al vecindario decente, hasta que se dictó la orden de requisarla y, en un teatral acto público, se quemó todo en la Avenida Brasil .
En consecuencia, los bares de la década de 1950 eran, en cierto modo, un remanente de ese antro de perdición y centro de reunión de personas desechadas por la sociedad, delincuentes y prostitutas. Aunque la presencia de elementos extranjeros, marinos y marineros mercantes, y de aduaneros ayudaba a otorgarle un poco más de atractivo noctámbulo, por la gran concurrencia, no cabe duda que la mala fama perduraba y por eso se le seguía llamando “Barrio Chino”.

Las Cachás Grandes: Famoso bar-restorán ubicado en la esquina con Blanco, todavía vigente. Dicho nombre dice relación con la abundante cantidad de comida que servían por muy bajo precio: sopaipillas, sándwiches, picarones, etc., lo que para los consumidores era muy bien visto. Un dato interesante es que dentro de las tantas personas que solían frecuentar el establecimiento, las prostitutas, los bandidos, y las personas de mal vivir, a eso de las 7 u 8 a.m, una vez finalizada su jornada laboral nocturna, iban a desayunar. Por ende, en vez de llamar al local Cachás empleaban el término Cachas, con evidente connotación sexual. Este recinto cumplía dos funciones, diurna y vespertina. Durante el día vendía desayunos de paila de huevos, pan amasado y tazones humeantes de café con leche. Los almuerzos consistían en “cazuelas” (carne de vacuno y ave) y “porotos con riendas”, entre los platos más chilenos. Pero en la noche los clientes se amanecían bebiendo licor, principalmente cerveza.

American Bar: Es forzoso mencionar este popular bar y atractivo lugar de tunantes, desparecido en nuestros días, y que estaba situado en la esquina de Cochrane. Era centro de reunión de empleados de bahía, estibadores, bananeros que iban a deleitarse con uno de los tantos artistas que amenizaban las noches: cómicos y cantantes, en su mayoría. Terminado el número se procedía a bailar al ritmo de la orquesta de turno, a beber distintos tipos de alcoholes, vino embotellado y en caja, o “arreglado” con durazno, chirimoya, pilseners, o el popular gin con gin. Los cigarrillos, por supuesto, no faltaban: Liberty, Sublime, Cabañas, Particular, las marcas preferidas que acompañaban la desinhibición y el desenfreno .

La Bomba: A un costado de la subida Castillo hacía su aparición un bar de baja categoría, antro pobre y muy poco frecuentado por el tunante medio. La Bomba era un bar donde solamente ingresaban vagabundos y humilde que no disponía de dinero suficiente. Los precios eran bajísimos por lo que la ausencia de orquesta se cubría con un budweiser en pésimas condiciones.


Locales comerciales


No todo era bares y casas de prostitución. El Emporio Echaurren que comienza a cerrar sus puertas en busca de nuevos horizontes, estaba situado en frente al American Bar. Destacaba por la venta de una vasta gama de productos de consumo, desde frutos del país hasta alimentos internacionales.

La Reina del Pacífico: Si es que de tradición se habla, la Tienda Reina del Pacífico, insertada en el mismo cruce de Blanco con Clave frente a las Cachás, es un digno ejemplo. Orgullo de sus dueños, los españoles Prida, que además poseían en la misma cuadra, San Martín con Blanco, otra sucursal, la Perla del Pacífico. Su rubro fue la fabricación de camisas y la venta de trajes.

Fritanguería: Era un establecimiento comercial que se dedicaba a la venta de presas de pescado frito, algo muy parecido a lo que actualmente se conoce como locales de comida rápida. Los transeúntes compraban en grandes cantidades ya que los precios variaban entre los 89 centavos y 1 peso.
Helados la Yapa: Fabrica y distribuidora de helados emplazada en el primer piso del edificio del Ejército de Salvación, en la esquina de Clave con San Martín a un costado de la fritanguería. Este local disponía de una dependencia dedicada al consumo de licores. Un dato anecdótico es que la puerta de ingreso era una cortina y cuando la corrían salía una gran humareda a causa de los cigarrillos, que mareaba a cualquier persona que iba por vez primera. La carencia de ventilación al interior del establecimiento era a todas luces perjudicial para la salud. En todo caso, los clientes habituales, marineros y marinos mercantes, estaban acostumbrados al rigor de espacios cerrados, pero no los civiles.

Ciudadela

El Cité Santa Elsa está ubicado en Calle Clave nº 607. Fue una gran vivienda
popular, conocida a su vez como ciudadela. La historiadora Ximena Urbina , quién ha estudiado estas construcciones, cuenta su origen. Los dueños de industrias las construían con el objetivo de que sus empleados vivieran allende al lugar de trabajo. Por tanto, era el lugar de residencia para obreros, que además albergaba a bares y chinganas. Los servicios de letrinas o excusados eran de uso colectivo y se encontraban en el patio. Estaban compuestas por departamentos que contaban con 2 ó 3 piezas. Su número variaba dependiendo del sector en que estaba inserta. Ya en la época que nos interesa, la etapa primitiva había sido superada. Las casitas disponían de 4 a 6 piezas cada una, con servicios de agua potable, luz eléctrica y baños. El dueño de la ciudadela era un particular que arrendaba las viviendas. El famoso cité Sta. Elsa sigue vigente en la actualidad cumpliendo la misma función.



DECORADAS CASAS DE PROSTITUCION


“La mercancía de Venus cuanto más cuesta, más gusta”
“Más vale desflorar a una zorra que tener los restos de un rey”
Brantòme

“Me gustan las mujeres con pasado oscuro y los hombres con gran futuro”
Oscar Wilde


Pero, lo que define la calle no son sus establecimientos comerciales tradicionales. Clave se define por su vida bohemia, sus excesos, el tipo de cliente y el particular estilo de sus casas de prostitución.
La palabra prostituta, originaria del latín prostituere, exponer en público, designa, pues a esta mujer que, dejando de ser un “bien privado” , es ofrecida a una persona que paga. La institución prostitucional es una institución pública. En aquellos años las casas de tolerancia contaban con patentes municipales, con controles de inspección municipal que realizaba la Dirección de Sanidad y de Servicios, el consejo Departamental de Higiene y la Dirección de Policía Urbana. Si la prostitución no es un delito, el reclutamiento, sí lo es, y, en su primer sentido, el verbo francés racoler significa “abrazar de nuevo” , lo que no es una actividad condenada por la moral, pero sí mal vista y discriminada por la sociedad más tradicionalista-conservadora y católica de la década del 50’. La actividad putañera –como la denomina la historiografía francesa- exige e impone la discreción de quienes la solicitaban y la toleraban. Aún así hemos podido acceder a información clave para la historia del secreto o de lo privado. Ingresemos al interior, conozcamos los precios y especialidades.
La clientela estaba compuesta de personas que querían desviar la realidad. La palabra desviación (del latín de via) denomina a quien está fuera del camino. Pero ¿de qué camino se trata? Toda sociedad se encuentra estructurada por normas, y la identidad de un individuo se mide en función de las libertades que se toma en relación a ellas. Pero también es cierto que todo el mundo se separa de las normas y de las reglas que ellas generan. En otros términos, si nadie se desviara, si todo el mundo observase las reglas, expresiones activas de las normas, la vida social sería imposible. Pero verdad es también que quién se desvía molesta porque es un desafiador, un despreciador de los valores legitimados. La sociedad delimita espacios urbanos y relega a los barrios bohemios separados de los sectores considerados decentes, a los transgresores morales. Al caer la noche, la vida de Valparaíso se iba al puerto.
En efecto, Calle Clave poseyó un embrujo de tal envergadura que la convirtió en el centro de la bohemia porteña, el sitio ideal de desviación. El tentador realcé que desplegaba se plasmaba en sus encantadores establecimientos. Sin embargo, el que los dos prostíbulos más famosos de Chile, la “Miss Merry” y los “Siete Espejos” estuvieran ubicadas justamente en ese sector, era lo que esencialmente primaba en el gran prestigio de Valparaíso con renombre a nivel internacional, tanto que los citados prostíbulos aparecen mencionados en varios filmes extranjeros y nacionales. “Cabo de Hornos” (1955), de Tito Davison, versión del texto literario de Francisco Coloane, se rodó en la subida Aduanilla y contó con la participación del famoso y galán actor “Jorge Mistral”. “A Valparaíso” (1962), de Joris Ivens, refleja la lúgubre vida de los Siete Espejos. También hay alusión a la “Miss Merry” en algunas novelas francesas.
Es interesante conocer la leyenda de Los Siete Espejos, de los cuales arranca su nombre. La casa disponía de un juego de espejos, siete, que protegían la entrada y permitía desde arriba cuidar que no fuese una comisión de detectives la que golpeaba las puertas. La imagen rebotaba por las enormes lunas y permitía cuidar la seguridad de la concurrencia. Además, al igual que la Miss Merry, contaba con un piano de cola. Estos prostíbulos fueron centros temporarios de marineros de todas las nacionalidades que tras largos meses embarcados trataban de saciar sus apetitos sexuales. Las mujeres siempre dispuestas a acogerlos en la farsa del amor pagado, se colgaban por los balcones y los invitaban a pasar. Las tarifas variaban según el pedido: el acto sexual por el momento o por el moment, en el decir popular, oscilaba entre los 40 a 50 pesos. Se podía negociar o “conversar” el precio cuando las circunstancias lo ameritaban, si el cliente le caía en gracia o si la asilada estaba extenuada por una larga noche de trabajo y quería descansar, costaba 30 pesos. En estos casos se pagaba solamente la habitación que facilitaba la “cabrona”. El que deseara estar en compañía femenina durante toda la noche para relaciones sexuales u otras cosas, cancelaba sobre 100 pesos. Sin embargo, al igual que en el caso anterior, todos los precios eran “conversables”.
La persona que disponía de bastante capital, más de 500 pesos de la época, podía acceder a todos sus caprichos, se emborrachaba, tenía sexo, y era atendido en sus caprichos.
Esta clientela, algunas veces manifestaba una nueva demanda: no más morralla, sino relaciones sentimentales más o menos duraderas. Algunos amantes compartían a menudo la conversación de esta muchacha pública que había dejado de ser una asilada de prostíbulo. Esta pequeña reflexión nos puede llevar a comprender el mundo interior de los sentimientos que esconde la historia privada y del secreto de estos clientes que no sólo buscaban descargo sexual.

Llama la atención que al instante de ingresar las personas se olvidaban por completo del verdadero rubro de la casa debido a la gran fiesta que había al interior. Se bailaba al compás de giradiscos operados por monedas o por discos de vinilo, o se charlaba con las niñas – apelativo acuñado por la cabrona para sus trabajadoras- en torno a la ponchera de vidrio (vino blanco “arreglado” con agregados de frutas y algún ron o trago fuerte adicional) que costaba 160 pesos. El jarro “arreglado” (vino blanco con bebida y torrejas de limón de menor categoría) fluctuaba entre 50 y 60 pesos y era muy consumido por los clientes. Los precios de los licores no eran “conversables” como otras tarifas y casi nadie hacía petición de rebaja. Los cigarrillos tenían un valor elevadísimo. Si en la calle se compraba a 10 pesos la cajetilla, en el local se pagaba 30 pesos.
El grato festín en la sala de estar se expresaba en abundante humo de tabaco y en las risotadas sin recato de las chicas que celebraban las bromas de grueso calibre de festivos marineros. Se reconocía que el ambiente de hospitalidad que reinaba allí era como en ningún otro establecimiento de este tipo en la ciudad.
Clientes preferenciales del lugar fueron los funcionarios aduaneros y detectives de investigaciones que iban a celebrar el triunfo de su club de fútbol o simplemente a visitar a su prostituta preferida que los esperaba con una sonrisa y los brazos abiertos. En consecuencia, allí se tejía toda una vasta gama de relaciones claves para la seguridad del prostíbulo: protección ante la ley y eximición del control de sanitario del municipio.
En dichos prostíbulos hubo unos destacados personajes que le imprimían un sello llamativo y distintivo. Nos referimos a La Cabrona, el Campanillero, el infaltable loro y el decorativo gato.

La Cabrona: Regente y señora de la casa. La mayoría de las veces era una mujer adulta, arrugada y pintada con coloretes, que introducía a los invitados y les presentaba a sus hijas, como les decía afectuosamente a sus chicas. Quienes la conocían la llamaban tía. La sociedad prefería usar la palabra cabrona. El papel de ésta era crear un clima familiar entre todos los integrantes de la casa, lo que explica que a veces la llamaran “madrina”. El chulo o cabron hacía las funciones de hombre, como si fuera su marido, la golpeaba, le exigía las ganancias de lo recaudado y en muy pocas ocasiones tenía un trato cariñoso y afable con ella. Las asiladas ocupaban un rol especial: ser sus hijas, ya que muchos veces la cabrona no tenía descendencia. Una especie de madre para las más jovencitas, que solían iniciarse sexualmente a los 12 años al amparo de la tía. Una de las más renombradas cabronas fue la “Chica Julia”, que tenía un “chulo” de sólo 14 años, llamado “El Perro”.

El Campanillero: persona de inclinación sexual errada, generalmente homosexual, hacía las funciones de júnior. Su nombre deriva de la campana que había en el vestíbulo de la casa. Mediante ella, “el campanillero” anunciaba la llegada de clientes o avisaba si la policía de investigaciones pretendía ingresar al recinto. La forma en que modulaba era motivo de risa y de burlas, principalmente por parte de los marinos chilenos.

El Loro: ave muy querida por las prostitutas, que lo alimentaban a diario y lo adiestraban en la jerga imperante de la casa para que, al igual que el campanillero, comunicara la presencia de clientes y de policías, pero con la cualidad de ofender a los hombres mediante groserías y piropear con dulces palabras a las mujeres . Vivía en una jaula asentada en el atrio a un costado de la campana.

El gato: el menos atrayente de todos. Era un animal muy gordo y de variados colores, nunca negro puesto que traía mala suerte. Dormía día y noche en el diván de la “Cabrona”. La falta de gracia la suplía con rasguños a quién cometía la osadía de sentarse ahí. Los marineros al verlo decían ¡mira el gato!.


Me acuesto con Venus y me levanto con Mercurio

La institución prostitucional cobraba dos precios: el valor de la relación sexual y las enfermedades de trasmisión venéreas: gonorrea, sífilis y diílla. El marinero o trabajador portuario, al no obtener relaciones conyugales o disponer de un placer restringido, va al encuentro de estas mujeres públicas que a menudo lo contaminan. Por tanto, en ese antro de mujeres sifilíticas, enfermedad que demuestra la ineficacia del control sanitario, se corre el peligro latente de la sifilización o gonorreazación. La frase popular me acuesto con venus y me levanto con mercurio, que quería decir: me acuesto con amor y me levanto suministrándome mercurio (metal líquido que curaba la enfermedad), adquiere plena significación. Si además se añade que la mujer pública era algunas veces alcohólica o tísica, se comprende que “la angustia de la degeneración” fuera tan censurada y criticada.
Calle Clave en los años 1950-1960 vivía sus últimos estertores, cuando fenecía la tradicional bohemia porteña. Los periódicos, suplementos, bibliografía, etc., comparten esta opinión. Hoy podemos ver el sector de Plaza Echaurren como un bastión de octogenarios, jubilados, vagabundos, limosneros, gente de abajo que se considera dueña de ese patrimonio, cuyo único derrotero de existencia es narrar las anécdotas de sus tiempos mozos cuando ese ambiente daba color a la vida bohemia en las noches porteñas.

1 comentario:

Clari dijo...

es increíble que ahora con estos mapas se puede uno guiar y buscar ubicaciones. justo el sábado me invitaron a un restaurante en palermo por un cumpleaños y con el satélite pude encontrarlo más fácil..
A chile fui hace unos años, justo esa calle no la conozco pero sin duda la próxima vez que vaya para Valparaíso voy a estar por esa zona